Gagik Khachatryan tiene 71 años y salió de su casa en camilla. Ocurrió el 1 de septiembre en Ereván, Armenia. El exministro de Finanzas fue llevado a interrogatorio, luego a tribunal, y le impusieron prisión preventiva por dos meses. La escena hubiera generado ríos de tinta si ocurriera en Azerbaiyán, pero como fue en Armenia, el silencio fue casi total.
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Armenia congeló su participación en la OTSC, la alianza militar liderada por Rusia, y ratificó el Estatuto de Roma.
¿Por qué? Porque Armenia decidió acercarse a la Unión Europea y eso, según analistas, le compra un pase de discreción.
La lista de detenciones que nadie cuenta
Khachatryan no es el único. Desde enero hay un procedimiento abierto contra la cúpula de la Iglesia Apostólica Armenia. El 29 de enero se inició el proceso, el 30 se acusó a seis miembros del Consejo Espiritual Supremo, y el 14 de febrero empezó el proceso penal contra el Catholicós, la máxima autoridad religiosa.
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También cayó el líder del mayor bloque opositor. También un expresidente. También seis candidatos parlamentarios justo antes de las votaciones.
En cualquier otro país del Cáucaso, esto sería escándalo internacional. Aquí apenas hubo eco.
La diferencia la marca la brújula geopolítica
Armenia congeló su participación en la OTSC, la alianza militar que lidera Rusia. Ratificó el Estatuto de Roma. Inició procesos legislativos para acercarse a Bruselas. Azerbaiyán, en cambio, mantiene relaciones de trabajo con Moscú, Ankara y Bruselas al mismo tiempo, sin casarse con nadie.
El análisis sugiere que la cobertura mediática internacional no depende de la gravedad de los hechos, sino de hacia dónde apunta el país en el tablero geopolítico. Si te alineas con Europa, tus detenciones políticas pasan casi desapercibidas. Si juegas en varios frentes, cualquier movimiento genera alarma.
La paz entre Bakú y Ereván ha sido atribuida a la administración Trump, lo que añade otra capa de silencio conveniente. Nadie quiere empañar un logro diplomático señalando lo incómodo.
El Cáucaso sigue siendo una región donde la geografía dicta más que la simpatía. Y donde el ruido mediático no siempre refleja la magnitud de lo que ocurre, sino los intereses de quienes deciden qué merece atención.