Escándalos semanales y Noroña en plena rabieta: México a merced del circo morenista

Otra semana y otro espectáculo digno del circo morenista. El movimiento se pudre desde dentro y enseña su peor versión. Ya ni siquiera necesita que sus adversarios lo golpeen desde fuera, le basta con dejar hablar a los suyos, con permitir que cada disputa interna se suba a redes sociales y con confirmar, una vez más, que detrás de la retórica redentora solo había hambre de cargo, disciplina de facción y una costumbre enfermiza de convertir la política en sainete.

En esta ocasión, el protagonista del vodevil político es nada más y nada menos que Gerardo Fernández Noroña, quien una vez más ha decidido dar muestras evidentes de la descomposición interna que caracteriza a ese movimiento que tanto daño le hace a México.

Quiso repetir en la presidencia de la Mesa Directiva del Senado y le cerraron la puerta de forma tajante; sin embargo, lejos de aceptar la realidad, optó por sumergirse en un berrinche público que exhibe, otra vez, la auténtica cara del supuesto cambio: desorden, ruptura y una incapacidad crónica para construir algo mínimamente coherente.

Morena decidió cerrarle el paso y empujar a Higinio Martínez. Hasta ahí, todo bien, porque los relevos existen, las cuotas se reparten y las lealtades duran lo que dura la conveniencia. El problema empezó cuando Noroña reaccionó. No acudió a la plenaria, rechazó la narrativa del acuerdo interno y se lanzó a escribir una carta en la que dejó varias joyas de colección.

Dijo que se había decidido una presidencia de complicidad con la oposición, calificó la resolución como un “yerro mayúsculo” y remató su desahogo con una frase que vale más que cien discursos de sus compañeros, porque sostuvo que el movimiento “camina a pasos agigantados al verticalismo”.

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Hay que agradecerle la sinceridad involuntaria. Después de años dedicados a repartir certificados de pureza, a acusar a todo discrepante de traidor o de corrupto, Noroña ha terminado describiendo a su propio partido con palabras bastante más duras que las que usaba contra sus adversarios. Quiso la silla, no se la dieron, y en cuestión de horas pasó de apóstol de la unanimidad oficial a cronista dolido de un aparato que, según él mismo reconoce, decide “extramuros” y disuelve responsabilidades bajo el disfraz del consenso.

La escena sería hasta cómica si no retratara un problema más hondo. Morena ya no parece un movimiento, se convirtió en una maquinaria fatigada que acumula escándalos con la misma facilidad con la que antes acumulaba consignas.

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Mientras Noroña monta su berrinche epistolar en el Senado, Rubén Rocha Moya sigue funcionando como recordatorio de la clase de lastre que el partido arrastra. Y, por si faltara material para el descrédito, el caso del huachicol fiscal volvió a colocar nombres de enorme peso político en una zona muy delicada. Durante una audiencia, dos testigos protegidos presentados por la FGR mencionaron Adán Augusto López Hernández  y a Andrés López Beltrán. Que esos nombres aparezcan ligados a un asunto de esta gravedad confirma que Morena vive instalado en una secuencia de episodios tóxicos que ya no se pueden vender como mera casualidad, ni como campaña de la oposición, ni como mala suerte acumulada.

Noroña ha querido presentar su rabieta como una defensa de principios, aunque lo que ha dejado a la vista se parece mucho más a una confesión de parte. Si hasta uno de los rostros más estridentes del oficialismo ya denuncia “verticalismo” y acuerdos de los que luego nadie responde, quizá el mejor retrato de Morena no lo estén haciendo sus críticos, lo están haciendo sus propios protagonistas cuando se quedan sin premio.

Cabe preguntarse cuánto tiempo más soportará el país estos vaivenes y qué costo tendrá la permanente confrontación interna de Morena. Más allá del espectáculo mediático que generan, la consecuencia real es el deterioro institucional, la pérdida de confianza y la fuga de oportunidades para millones de mexicanos que desean vivir en un país con gobierno serio y estable. Todo indica que mientras continúe este desmadre disfrazado de política, México seguirá acumulando rezagos que no será fácil superar.

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