Durante años, el expresidente español José Luis Rodríguez Zapatero fue presentado por buena parte de la izquierda iberoamericana como una especie de mediador honorable, un político refinado que supuestamente hablaba de democracia mientras tejía relaciones con algunos de los regímenes más cuestionados del continente. Hoy esa imagen comienza a romperse bajo el peso de acusaciones por organización criminal, tráfico de influencias y falsedad documental.
El asunto expone la manera en que ciertos liderazgos de izquierda construyeron durante años una red de protección mutua entre gobiernos, operadores financieros y aliados ideológicos repartidos entre España, Venezuela, Cuba y otros países de América Latina. Mientras millones de ciudadanos soportaban crisis económicas, inflación y deterioro institucional, varios de esos personajes aparecían en foros internacionales hablando de justicia social, aunque detrás de los discursos se movieran intereses mucho menos románticos.
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El caso Plus Ultra ilustra perfectamente el problema. La aerolínea española, ligada a Venezuela y rescatada con recursos públicos por el Gobierno de Pedro Sánchez, aparece conectada con transferencias asociadas a fondos provenientes de PDVSA, la empresa devastada por el saqueo sistemático del chavismo. El asunto tiene todavía mayor gravedad cuando el expediente se enlaza con Alex Saab, señalado durante años por autoridades estadounidenses como uno de los principales operadores financieros de Nicolás Maduro, cuya función consistía en mover capitales, triangular operaciones y construir mecanismos financieros capaces de unir gobiernos, empresarios y estructuras políticas bajo una misma red de intereses.
Y ahí es donde la discusión deja de ser exclusivamente española o venezolana para tocar de lleno a México. Durante años, Zapatero mantuvo una cercanía política evidente con Andrés Manuel López Obrador y con Morena. Compartieron narrativa, discurso regional y simpatías hacia el eje bolivariano. Resulta imposible ignorar que uno de los principales promotores internacionales del obradorismo enfrenta ahora acusaciones que incluyen lavado de dinero y delincuencia organizada. Quienes durante años acusaron a cualquier crítico de “conservador” o “enemigo del pueblo” hoy guardan un silencio bastante revelador.
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Desde la óptica empresarial, el problema alcanza otra dimensión. Los mercados desconfían de gobiernos vinculados con redes políticas opacas, especialmente cuando aparecen conexiones con esquemas financieros bajo investigación internacional. Ningún inversionista serio apuesta con tranquilidad en países donde las relaciones diplomáticas parecen mezclarse con intereses ideológicos y operadores señalados por corrupción.
México arrastra un costo reputacional importante por su cercanía política con los gobiernos de izquierda. Durante el sexenio de López Obrador, la política exterior abandonó prudencia y equilibrio para acercarse a figuras cuestionadas internacionalmente. Esa afinidad ideológica pudo servir para alimentar propaganda doméstica, aunque terminó enviando señales negativas hacia sectores financieros y empresariales que observan con preocupación cualquier relación con redes investigadas por lavado de dinero o triangulación de recursos.
Resulta todavía más delicado el señalamiento difundido por algunos medios internacionales sobre presuntos apoyos económicos provenientes de Hugo Chávez durante la campaña presidencial de 2006. Aunque esa información no cuenta con verificación judicial definitiva, la persistencia de esas versiones alimenta sospechas sobre la profundidad de las relaciones políticas entre el obradorismo y el chavismo.
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La izquierda latinoamericana construyó durante décadas una narrativa moral donde se presentaba como defensora de los pobres y enemiga de las élites económicas. Sin embargo, buena parte de sus figuras más visibles terminaron relacionadas con estructuras de corrupción, redes clientelares y mecanismos financieros oscuros. Venezuela representa el ejemplo más brutal de ese fracaso. Un país petrolero convertido en ruina económica mientras una pequeña élite política movía recursos por distintos países bajo el disfraz del “proyecto popular”.
A ese clima se suma ahora otro elemento inquietante para cualquier democracia seria. Durante una de sus conferencias matutinas, la presidenta Claudia Sheinbaum pidió abiertamente a la población no consumir contenidos de TV Azteca, una declaración que se interpreta como una presión directa contra un medio de comunicación crítico del poder. Cuando un gobierno comienza a señalar de forma pública qué medios merecen ser escuchados y cuáles deberían ser castigados por la audiencia, el problema deja de ser político y comienza a tocar la libertad de expresión, que sustentan la vida institucional y la confianza empresarial de cualquier país. Este contraste es un ejemplo de la hipocresía morenista en su máximo esplendor. Regresando a Zapatero, este apostó su prestigio político a esa causa y ahora enfrenta las consecuencias. Lo preocupante para México consiste en que muchas de esas alianzas todavía mantienen influencia dentro del poder político nacional. Y mientras algunos continúan vendiendo discursos de superioridad moral, las investigaciones internacionales comienzan a mostrar algo mucho más parecido a una red de favores, protección política y negocios cruzados que a cualquier ideal democrático.
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Eduardo Rivera Santamaría es empresario y CEO de Global Media Investment, con una sólida trayectoria en el ámbito corporativo. Su amplia experiencia abarca áreas clave como la política, los medios de comunicación, la inteligencia artificial y el turismo. A través de su columna, Eduardo aporta lecturas rigurosas y enfoques poco convencionales que refuerzan la conversación sobre temas de actualidad, con criterio sólido y sustento claro.