Esta semana, México tiene los ojos puestos en BTS. La banda surcoreana más influyente de los últimos años llegó al país, se reunió con la presidenta Claudia Sheinbaum y desató la euforia que solo este grupo es capaz de producir en sus seguidores. Por otro lado, y desde hace varios meses, el Mundial de Futbol 2026 ocupa buena parte de la agenda pública, por ser México uno de los países sede y por la derrama económica proyectada, esa que el Gobierno no ha dejado de anunciar en cada oportunidad disponible.
Ambos eventos son reales, ambos tienen peso económico y cultural, y ambos merecen atención. Dicho eso, tengo una pregunta para quien corresponda: ¿alguien en el Gobierno está leyendo los expedientes del T-MEC con la misma energía con la que organizó la foto con los coreanos?
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En julio se llevará a cabo la revisión formal del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC), el acuerdo que es considerado como la columna vertebral del comercio exterior mexicano y que define las reglas bajo las cuales opera buena parte del aparato productivo del país. Las revisiones comerciales de este tipo jamás son ejercicios puramente técnicos y la política siempre está sentada en la mesa. El contexto en el que llega esta negociación es particularmente delicado para México: hay gobernadores de Morena bajo investigación por presuntos vínculos con el narcotráfico, la inseguridad sigue siendo el argumento más poderoso que usan los inversores extranjeros para justificar su cautela, y el debilitamiento institucional de los últimos años ha desgastado la confianza en la estabilidad jurídica del país. Ese es el expediente que México lleva.
La relación entre nuestro país y Estados Unidos en el marco del T-MEC probablemente atraviesa su momento más tenso desde que el tratado entró en vigor. Washington llega con una agenda proteccionista afilada, con exigencias laborales que ya probó que está dispuesto a activar mediante los mecanismos de solución de controversias del propio tratado, y con una administración que ha demostrado, en múltiples frentes, que la paciencia diplomática tiene un límite muy corto. México ya ha vivido lo que significa enfrentarse a esa maquinaria sin preparación suficiente y cada vez que ha llegado a estas disputas, sin una posición técnica sólida, la negociación terminó en una concesión que el sector privado mexicano absorbió en silencio y que los funcionarios anunciaron como un acuerdo equilibrado.
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El problema de fondo es que Estados Unidos tiene más herramientas de presión de las que México quiere reconocer públicamente. Si las reglas de contenido regional se endurecen en julio sin que México llegue con propuestas reales para elevar su valor agregado en sectores como el automotriz, el electrónico o el agroindustrial, el país quedará atrapado en el papel que otros le asignen, como proveedor de mano de obra barata en industrias que otros diseñan y controlan. Más que un escenario hipotético, es la dirección en la que apuntan las condiciones actuales, y ninguna foto con una banda de K-pop va a cambiarla.
Entiendo el valor del soft power y entiendo que recibir a BTS tiene su lógica diplomática y cultural. Entiendo también que el Mundial genera divisas, empleo y visibilidad internacional. Soy empresario, no estoy en contra de la derrama económica venga de donde venga. Lo que me resulta difícil de justificar es la desproporción entre la energía que el Gobierno dedica a esos eventos y la atención que le presta a una negociación que puede modificar las reglas del juego comercial para los próximos años, porque de eso se trata la revisión del T-MEC.
Yo opero empresas en este país y tomo decisiones de inversión con información real, no con comunicados de prensa. Lo que veo en el horizonte del T-MEC me preocupa, y lo que veo en la agenda del Gobierno me preocupa más. México tiene ante sí una ventana que no va a estar abierta indefinidamente, y la está dejando pasar con la vista puesta en el escenario.