La discusión sobre seguridad en México suele plantearse en términos nacionales, pero sus efectos más profundos se sienten en lo local. La estabilidad de una colonia, de un corredor comercial o de una pequeña ciudad determina mucho más que la percepción ciudadana: condiciona la viabilidad de la economía cotidiana. En ese terreno, la seguridad no es un concepto político, sino un factor productivo.
La economía real, la que opera todos los días en mercados, tiendas, restaurantes, talleres, consultorios y servicios, depende de una variable esencial: la certeza. No basta con abrir la cortina, es necesario saber que el esfuerzo no será erosionado por la extorsión, el robo o la violencia.
Cada incidente delictivo altera decisiones económicas inmediatas: horarios reducidos, inversiones diferidas, inventarios limitados, contrataciones suspendidas. Desde la teoría económica, la relación es clara. La incertidumbre es enemiga de la inversión. Cuando el entorno se percibe inestable, los agentes económicos reducen riesgos, conservan liquidez y postergan crecimiento. No se trata de un fenómeno psicológico, sino de un ajuste racional. La inseguridad incrementa costos operativos, eleva primas de seguro, obliga a destinar recursos a prevención y modifica patrones de consumo.
Pero existe un ángulo menos visible: la confianza social. La actividad económica local se sostiene sobre redes de interacción cotidiana. Donde la violencia se normaliza, se reduce la movilidad, se fragmenta la convivencia y se debilita el tejido comercial. Menos tránsito peatonal significa menos ventas. Menos interacción significa menor dinamismo. La seguridad, en este sentido, es infraestructura económica.
Por ello, la política pública en esta materia tiene efectos que trascienden la estadística criminal. Fortalecer capacidades de investigación, coordinación operativa y presencia institucional no solo reduce riesgos, reconstruye condiciones para el crecimiento. A mediano plazo, la inversión en seguridad genera retornos indirectos pero tangibles: mayor actividad formal, mayor recaudación, mayor inversión privada y mayor estabilidad regional.
La experiencia internacional respalda esta lógica. Los territorios que logran reducir de manera sostenida la impunidad y la violencia experimentan incrementos en inversión local y recuperación de mercados internos. La certeza jurídica y la previsibilidad institucional actúan como catalizadores económicos. La seguridad no es únicamente contención del delito, es habilitador del desarrollo.
En México, esta ecuación resulta particularmente crítica. La estructura productiva nacional descansa en millones de unidades económicas de escala pequeña y familiar. Son ellas las que absorben shocks, sostienen empleo y mantienen la circulación de ingresos en comunidades enteras. Cuando el entorno local se deteriora, el impacto agregado es inevitable.
El desafío, por tanto, no es solo reducir la incidencia delictiva, sino consolidar entornos previsibles. La economía necesita algo más que crecimiento macroeconómico, necesita condiciones mínimas de estabilidad cotidiana, porque al final, la competitividad de un país se construye en miles de decisiones individuales que dependen de una premisa básica: que producir sea más seguro que delinquir.