Hay momentos en los negocios, y en la política, en los que la cortesía se vuelve un lujo improductivo. Donald Trump entiende eso mejor que muchos líderes del hemisferio, y la reciente intervención de Estados Unidos en Venezuela lo confirma. La captura de Nicolás Maduro no solo cerró un capítulo incómodo para Washington; abrió una etapa en la que Estados Unidos deja claro que está dispuesto a actuar cuando percibe que el desorden externo afecta sus intereses internos. Quien lea esto como un simple arrebato militar comete un error de cálculo.
Trump no improvisa cuando menciona a México, Colombia o Cuba después del episodio venezolano. Está trazando una línea. Durante años, América Latina pidió atención, inversión y respeto. Ahora recibe algo distinto: exigencia. Puede gustar o no, pero la lógica es consistente. Estados Unidos no está dispuesto a seguir cargando con los costos del narcotráfico, la migración descontrolada y los Estados fallidos sin exigir resultados verificables a sus socios.
En el caso de México, el mensaje es incómodo porque toca fibras sensibles. Trump insiste, y con razón, en que los cárteles dominan amplias zonas del país y en que la cooperación tradicional ya no basta. Esa afirmación irrita, pero no surge del vacío. El flujo de fentanilo hacia Estados Unidos no es una percepción mediática, es una realidad medible. Desde esa óptica, la presión de Washington adquiere otra lectura: no se trata de humillar a un aliado, sino de forzarlo a ir más allá de los compromisos habituales.
Claudia Sheinbaum ha optado por una postura firme en defensa de la soberanía, y eso es entendible. Ningún gobierno mexicano puede aceptar tropas extranjeras sin pagar un costo político severo. Sin embargo, también resulta evidente que su administración ha intensificado acciones de seguridad, reforzado la frontera y entregado figuras clave del narcotráfico a Estados Unidos. Nada de eso ocurre por casualidad. La presión funciona, aunque nadie lo admita en voz alta.
Venezuela sirve como ejemplo extremo. El mensaje para la región es directo: la paciencia tiene límite. Para algunos gobiernos latinoamericanos, esto suena a amenaza. Para otros, representa una advertencia útil. La inacción también genera consecuencias, solo que menos visibles y más prolongadas.
Para América Latina, la consecuencia más clara de esta postura es el fin de la ambigüedad. Los gobiernos de la región enfrentan ahora una relación con Estados Unidos basada menos en discursos diplomáticos y más en resultados concretos. Países con problemas estructurales de seguridad, narcotráfico o migración quedan expuestos a una presión directa que obliga a tomar decisiones internas que durante años se postergaron. Para bien o para mal, América Latina entra en una etapa donde la omisión también tiene costo, y donde cada gobierno deberá decidir si asume ese costo o ajusta su estrategia antes de que la presión aumente.
En Miami, donde la comunidad hispanohablante sigue estos hechos con atención, la lectura suele ser más práctica. Muchos empresarios y migrantes entienden que la estabilidad no surge del discurso, sino de decisiones firmes. La caída de Maduro no se explica por un gesto simbólico, sino por una evaluación fría de riesgos y beneficios. Trump aplicó ese mismo razonamiento a México, aunque con herramientas distintas.
Algunos dirán que Trump actúa solo por impulso, y es una lectura que resulta cómoda, pero falsa. Su estilo de confrontación busca resultados rápidos. En el caso mexicano, ya las obtuvo en materia de control fronterizo y cooperación judicial. Falta ver hasta dónde llega esa dinámica durante la revisión del T-MEC, pero nadie puede negar que Washington ha recuperado capacidad de presión en la región.
Al final, la discusión no gira en torno a simpatías personales. Se trata de poder, intereses y costos. Trump ha decidido que América Latina vuelva a ocupar un lugar prioritario en su agenda. Para los países involucrados, incluido México, la pregunta no es si el tono resulta aceptable, sino cómo responder sin perder margen de maniobra. En política y en negocios, ignorar una advertencia clara rara vez sale barato.