La soberbia electoral suele terminar en las urnas porque existe una enfermedad recurrente en la política mexicana que aparece cada cierto tiempo y que suele afectar a dirigentes, estrategas y aspirantes por igual. Se llama exceso de confianza y sus síntomas son fáciles de identificar. Quien la padece comienza a creer que las estructuras partidistas bastan por sí mismas, que los adversarios ya no representan una amenaza y que los votantes permanecerán cautivos sin importar los errores cometidos.
Muchos partidos tradicionales deberían considerar con seriedad que la soberbia de “podemos solos” no conduce a ningún lado, y quienes ignoren la necesidad de alianzas estratégicas están condenados a desaparecer.
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La elección de diputaciones locales en Coahuila de esta semana fue un ejemplo de ello. El PRI esta vez entendió el juego de la política mexicana al aliarse con la Unión Democrática de Coahuila y, como resultado, el PAN y Movimiento Ciudadano (MC) quedaron por debajo del tres por ciento de los votos, lo que implica la pérdida de registro y prerrogativas en el estado. ¿Y qué decir del Verde? Otro desastre. Es aquí donde se demuestra que la ignorancia y la terquedad se pagan caro.
En México, la política ha alcanzado un punto de inflexión que pocos quieren admitir. Morena, con sus cambios arbitrarios al poder judicial y a programas históricos bajo la supuesta bandera de “ayuda para el pueblo”, muestra una serie de contradicciones y falsedades que han llevado a un deterioro evidente en nuestras instituciones y bienestar social.
Y las acusaciones que lanza sobre las prácticas del PRI, del PAN o de MC no resisten el menor análisis serio: lo que señalan como corrupción o manipulación electoral en otros estados es exactamente la forma en que ellos gobiernan cuando les toca, con derroches descarados, amenazas y un desdén absoluto por la legalidad. Sin haber pruebas tangibles, todo queda en llantos políticos sin fundamento. Si Morena pretende seguir denunciando, debe mostrar evidencia concreta y armar bien sus carpetas de investigación, o simplemente callar. Lo único claro es que la oposición sigue demostrando su capacidad para ganar incluso contra el aparato nacional de Morena, que se ha vuelto un monstruo autorreferencial y corrupto.
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Más allá de cualquier simpatía partidista, lo que México necesita urgentemente es que Morena pierda mayorías absolutas en los congresos locales y federal. No podemos permitir que un solo grupo tenga la potestad de modificar constituciones y leyes a su capricho, buscando exclusivamente su beneficio político.
Aquí es donde el PAN y Movimiento Ciudadano deben aprender la lección. MC tiene un papel relevante, pero le falta inteligencia política para tender puentes que atraigan a los decepcionados votantes de Morena. Si no suman esfuerzos y se unen a las fuerzas tradicionales con visión y fuerza, seguirán siendo comparsas sin futuro en la política nacional.
En cuanto al PAN, romper alianzas históricas en el caso de Coahuila fue una decisión que los llevó directo al abismo, perdiendo votos, registro y credibilidad. La política mexicana no es para idealistas solitarios, es un juego de cartas marcadas que exige flexibilidad, pragmatismo y la capacidad de formar coaliciones que fortalezcan la opción democrática frente al autoritarismo disfrazado de “austeridad”.
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Y hablando de austeridad, la de Morena es una farsa monumental. Sus altos funcionarios y representantes disfrazan su despilfarro bajo la cortina de la sobriedad, mientras mantienen lujos personales, privilegios y operaciones opacas que ponen en jaque la confianza ciudadana. Este doble discurso es uno de los más grandes engaños que ha sufrido México en años recientes.
La lección que dejan estas elecciones locales y la situación general es clara. No basta con que los partidos históricos se mantengan vivos. Necesitan rearmar alianzas, sumar fuerzas y, sobre todo, demostrar que pueden ser la verdadera alternativa frente a la decadencia moral y política que representa Morena. Sólo así México podrá aspirar a recuperar un poco de ese prestigio y orden que hemos perdido.
AMLO logró lo que nadie esperaba: Unir al PRI de nuevo con los mexicanos, bajo la idea de que “estábamos mejor, cuando según estábamos peor”.