Este domingo se le dio una bofetada a la izquierda latinoamericana. Colombia eligió a un hombre sin experiencia en cargos públicos ni en política. El abogado penalista Abelardo de la Espriella se convirtió, de manera preliminar, en el nuevo presidente del país suramericano. Cuando la entidad supervisora cerró el cómputo, el margen de victoria resultó apenas suficiente, pero el mensaje ya estaba escrito en piedra.
El triunfo de Espriella es la continuación de una cadena que arrastra desde el sur del continente hasta el Caribe. La gente se cansó de que le prometieran un paraíso que nunca llega y de que el gobierno le dijera cómo debe vivir mientras el país se desmorona.
Gustavo Petro gobernó cuatro años con la retórica de la justicia social y entregó a Colombia un país más dividido, pobre e inseguro. Y no es un juicio exagerado por mi parte, Ahí están los números. Hoy la región entera repite el mismo guion. Argentina eligió a Javier Milei, Ecuador confió en Daniel Noboa, Paraguay eligió a Santiago Peña, Bolivia apostó por Rodrigo Paz, Chile se inclinó por José Antonio Kast y Honduras votó por Nasry Asfura.
¿Qué tienen en común estos casos? Que en ninguno de ellos ganó la derecha por carisma, ganó porque la izquierda en el poder demostró su incompetencia administrativa. Los gobiernos progresistas creen que administrar un país es dar discursos, repartir subsidios y enemistar al sector privado, cuando lo que necesitan realmente son inversiones, seguridad, y no custodiar o defender a sus narcodirigentes. En México, los reportes económicos de los últimos años han señalado una combinación preocupante porque el crecimiento ha sido insuficiente para compensar el aumento poblacional y la inseguridad ha deteriorado la confianza empresarial.
México no puede permitirse el lujo de aislarse de los países que recuperan el orden. El comercio con Argentina, Ecuador, Chile, Paraguay, Bolivia y Honduras representa un volumen que crece cuando los socios confían en la estabilidad de las reglas. El nearshoring demostró que las empresas buscan destinos donde el Gobierno no cambie los contratos a la mitad del camino, donde los impuestos no se inventen de la noche a la mañana y donde la energía llegue sin interrupciones. Los países que gobierna la derecha hoy ofrecen exactamente eso. Prefieren el arbitraje comercial al capricho estatal. Nuestro país necesita esos mercados para exportar, invertir y generar empleos.
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Porque… ¿con quién se sienta México hoy en la mesa latinoamericana? Los aliados que el Gobierno actual cultiva con dedicación no son precisamente los que traen prosperidad. Brasil bajo Lula permanece como un socio comercial importante, pero su agenda política dista mucho de la apertura económica que México necesita. Cuba, Venezuela y Nicaragua son gobiernos que el ejecutivo mexicano abraza con frecuencia, aunque no ofrecen comercio, inversión ni tecnología. La relación con esos regímenes se sostiene con gestos diplomáticos y discursos compartidos, no con tratados de libre comercio ni con flujos de capital que mejoren la vida de los mexicanos.
Las elecciones colombianas se convierten en una especie de esperanza para México. Nuestro país no puede seguir creyendo que la inseguridad se resuelve con abrazos, que la inversión llega con anuncios presidenciales o que las obras públicas se hacen solo con voluntad política.
Aunque Claudia Sheinbaum culmina su gestión en 2030, en 2027 los mexicanos podrán renovar la Cámara de Diputados, 17 gubernaturas, más de 2,000 presidencias municipales a los jueces y magistrados del Poder Judicial que quedaron pendientes del 2025. Exactamente en un año se decidirá si México entiende lo que ya entendieron sus vecinos.