El caso Maduro y el nuevo mapa de riesgos para los empresarios

Eduardo Rivera Santamaría, CEO de Global Media Internacional Services. Autor de la columna Conexión Global Eduardo Rivera Santamaría, CEO de Global Media Internacional Services. Autor de la columna Conexión Global
Foto: Grupo Hoy

El tablero latinoamericano acaba de moverse con una violencia que pocos anticiparon y que nadie en el mundo empresarial puede ignorar. El ataque militar de Estados Unidos contra Venezuela y la captura del “presidente” Nicolás Maduro alteran algo más que un régimen político: sacuden las bases económicas de la región.

Como empresario, no puedo mirar este episodio solo con lentes ideológicos. Aquí lo relevante es entender qué viene para México, cuánto cuesta la inestabilidad y por qué este episodio marca un antes y un después que tendrá efectos reales sobre inversión, energía y comercio.

La intervención en Venezuela activó de inmediato alarmas en los mercados internacionales. No por simpatía con el régimen derrocado, sino por una razón simple: el petróleo. Venezuela concentra las mayores reservas probadas del planeta y cualquier señal de ruptura eleva tensiones en los precios del crudo. En el corto plazo, los ajustes pueden ser moderados, ya que existe un excedente global y la infraestructura petrolera venezolana no quedó destruida. Aun así, la expectativa pesa. Y en los mercados, la expectativa también cuesta. Para las empresas mexicanas, eso se traduce en presión sobre costos energéticos y logística, incluso sin un impacto inmediato en el suministro.

México produce su propio crudo, pero depende del exterior para gasolinas y diésel. Ese dato no es menor. Un conflicto armado en la región introduce ruido en la cadena internacional de combustibles refinados. Si los precios de estos derivados suben, el golpe no se queda en Pemex ni en las grandes compañías. Llega a la pequeña y mediana empresa, al transporte, a la industria y, al final, al consumidor. La geopolítica no pide permiso: se filtra directo a la contabilidad.

Otro frente que no puede minimizarse es el financiero. El bombardeo y la captura de Maduro reforzaron una percepción de fragilidad jurídica en América Latina. Fondos internacionales reaccionaron con rapidez, buscaron refugio en el dólar y el oro, y retiraron capital de mercados considerados riesgosos. México no queda al margen de ese movimiento. Cada episodio de tensión regional presiona al peso y encarece el financiamiento. No hace falta pánico; hace falta realismo. La estabilidad regional siempre ha sido un factor silencioso en cualquier plan de negocios.

Desde el ángulo político, la reacción de México fue clara. La presidenta Claudia Sheinbaum expresó un rechazo contundente, condenó la acción de Estados Unidos y reclamó respeto al derecho internacional. Esa postura responde a una tradición diplomática, pero también abre interrogantes. México mantiene una interdependencia profunda con Estados Unidos. Si Washington redirige atención y recursos hacia un conflicto en Venezuela, la agenda bilateral puede cambiar de ritmo. Comercio, energía y asuntos del T-MEC podrían entrar en una etapa de mayor fricción o menor prioridad. A este escenario externo se suma una realidad interna preocupante: el cierre de negocios en México. Durante los últimos meses, la pérdida de patrones y empresas activas ha alcanzado niveles que no se veían desde crisis profundas del pasado. Miles de micro y pequeñas empresas han cerrado sus puertas, afectadas por menor consumo, mayores costos y una expectativa económica frágil. No se trata solo de estadísticas: cada negocio que baja la cortina reduce empleo, debilita cadenas productivas y limita la capacidad del país para absorber impactos externos como el actual.

Dicho todo esto, también conviene decir lo incómodo: la captura de Nicolás Maduro elimina un foco de distorsión permanente en la región. Su permanencia sostuvo años de dictadura, opacidad, sanciones y tensiones que tampoco ayudaron a la estabilidad económica latinoamericana. Sin celebraciones públicas, resulta evidente que la salida de un régimen aislado abre la puerta a una eventual reconfiguración política y energética. El problema no es el cambio, sino el costo del proceso.

Para México, la lección es clara. La economía no vive aislada. Los empresarios deben leer la política internacional con la misma seriedad que un balance financiero. Diversificar riesgos, cuidar liquidez y anticipar movimientos externos ya no es una opción sofisticada, es una necesidad básica.

Lo ocurrido en Venezuela no es un episodio lejano. Es una advertencia directa de cómo el mundo real golpea los negocios cuando menos se espera. Y conviene entenderla ahora, no cuando la factura llegue completa.

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