Las rupturas en la cooperación internacional siempre traen consigo una doble cara: por un lado, el legítimo derecho de un Estado a definir su política exterior en función de prioridades internas; por otro, la responsabilidad compartida que implica asumir que ciertos desafíos trascienden fronteras y solo pueden afrontarse juntos.
Esta tensión está en el corazón de la decisión estadounidense de retirarse de organismos, convenciones y foros que considera contrarios a sus intereses nacionales:
– 31 están vinculados a las Naciones Unidas.
– 35 son organizaciones no pertenecientes a la ONU, incluyendo foros globales sobre energía, migración, medio ambiente y cooperación internacional.
Las organizaciones multilaterales han evolucionado como instrumentos de diálogo, cooperación y solidaridad entre países con intereses diversos. Aunque muchas críticas respecto a su eficiencia, burocracia o agendas poco claras son reales y merecen atención, también es cierto que estos espacios han sido escenario de acuerdos fundamentales: desde la regulación del comercio internacional hasta la respuesta a pandemias; desde la protección del medio ambiente hasta la defensa de derechos humanos.
Abandonar estos foros sin una iniciativa paralela de reconstrucción o reforma multilateral puede implicar perder participación en decisiones que estructuran la economía y seguridad global.
La cooperación no significa ausencia de crítica. Significa, a menudo, asumir la incomodidad del proceso y comprometerse a mejorar las estructuras desde dentro. El desafío reflexivo que plantea este retiro es preguntarnos: ¿cómo renovar los mecanismos globales para que sean eficientes, transparentes y verdaderamente representativos sin perder la oportunidad de contribuir a soluciones colectivas? ¿Puede la distancia unilateral ser un catalizador para nuevas formas de cooperación más ágiles y efectivas, o corre el riesgo de fragmentar aún más la arquitectura internacional?
La historia contemporánea nos muestra que los problemas que comparten fronteras —como el clima, las pandemias o la seguridad económica— requieren respuestas compartidas. Salir del tablero multilateral sin una propuesta alternativa sólida puede dejar un vacío difícil de llenar.
En este contexto, la reflexión clave no es solo si era legítimo retirarse, sino cómo construir puentes nuevos o reformados que puedan responder a las necesidades del siglo XXI, porque ningún país, por poderoso que sea, puede enfrentar solo los retos que el mundo comparte.